Paseo campestre

Septiembre, 4; 2016.

El domingo pasado, por la tarde, en compañía de mi esposa y de mi pequeño hijo, conduje por la autopista Tepic-Guadalajara hasta la caseta de Santa María del Oro. Tomé la desviación hacia la carretera federal.

El paisaje se bañaba en todos los tonos posibles de verde. Vaya, tal era mi fascinación que hasta el asfalto de la carretera, con su superficie húmeda, me resultaba hermoso.

Después de recorrer unos kilómetros llegamos a nuestro destino; un restaurante campestre que está justo al lado de la carretera.

El estacionamiento estaba abarrotado de coches. Numerosos grupos de personas bajaban de sus autos y se dirigían a los comedores. Otros más subían a sus coches y se marchaban. Había mucho movimiento. Había, además, un puesto de venta de jugo de caña. El vaso cuesta cinco pesos (el equivalente a casi un cuarto de dólar). Es una bebida fresca. La recomiendo mucho en esta época de calor. En realidad es una buena opción para cualquier temporada en mi tierra.

Los comedores están cubiertos de teja y se extienden hacia el monte. A nosotros no gusta comer en el que está al fondo. El paisaje es agradable. Nada obstruye la vista de los árboles. Todo es verde. Más ahora, en el verano.

Todo en el lugar es delicioso. Pero hay que ser cauteloso con las entradas. Una vez que te sientas a la mesa ponen frente a ti un canasto con tortillas recién hechas y queso fresco. La tentación para comer hasta la saciedad es enorme. Pero siempre hay que mantener la calma y guardar espacio en el estómago para el plato principal; en esta ocasión, para nosotros, conejo y birria de res. La carne resultó exquisita.

Después de comer nos dirigimos hacia el área de descanso. Caminamos sobre el puente que pasa por encima de un riachuelo.

El clima era agradable. La sombra de los árboles cubría casi todo el terreno. Se percibía la frescura en el ambiente. De los troncos de algunos árboles colgaban hamacas. Viridiana y Gabriel se recostaron en una. Yo aproveché para fotografiarlos mientras se mecían y jugaban.

Más allá del sendero se extiende el monte con sus enormes y gigantescos pinos que se estiran como queriendo tocar el cielo.

Cruzamos una vez más el puente. De vuelta al estacionamiento, y antes de partir, compramos dulces de coco. Los camiones circulaban de manera incesante por la carretera.

Es curioso; justo cuando encendimos el coche se desató la lluvia. Llegó sin aviso. Nos sorprendió a todos. Gabriel se durmió. Aunque esto no es novedad. Suele hacerlo en cuanto el coche se pone en movimiento.

Fue una hermosa tarde de domingo.

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