Ni siquiera solo

Septiembre, 20; 2016. 

Solía andar de un lado a otro sin muchas cosas encima. Ligero. Muy ligero. Casi austero. De casa, con rumbo al trabajo, salía con mochila al hombro. Los fines de semana, cuando surfeaba en la playa, me bastaba también una mochila. No la misma. Comencé a utilizar dos, una para cada ocasión, desde aquella vez en que la arena acumulada en el interior penetró por todos los lados de la computadora portátil —quisiera llamarle ordenador, amo esa palabra, pero dicen que es absurdo utilizarla en estos rumbos.

En fin. Ya no ando de un lado a otro tan ligero. Para nada ligero. Ni siquiera solo. Ahora me acompaña Gabriel, mi pequeño que días atrás cumplió un año de edad. Cuando salgo de casa, por las mañanas, lo hago con la mochila en la que cargo el ordenador —sí, el ordenador, palabra invasora—, una maleta de mano para la agenda, la chequera y la novela en turno. También cargo con el portabebé, la pañalera, el pequeña hielera en la que van los alimentos de Gabriel. No sé cuantas vueltas doy de la casa al carro antes de partir. Esto con relación a la vida diaria. Con respecto a las salidas de la playa mejor ni lo menciono. Ya habrás de imaginarlo. Pero para darte una idea, repito las palabras que me dijo el chico que nos ayudó a cargar las maletas en nuestras últimas vacaciones; “la cantidad de maletas es inversamente proporcional a la edad del bebé.” Créeme, es cierto.

 

jesus-benitez-blog-04
Cielo de tormenta. Nayarit; MX.

 

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