Intolerante.

Conforme pasan los años uno va descubriendo que no es el mismo. En cuanto a las películas (en especial a las de horror) me he vuelto más quisquilloso. Mucho más. No me tiemblan los dedos sobre el control para apagar el televisor cuando noto que algo de plano no funciona para mí.

Así me sucedió ayer. No importa el título de la película. La intención no es escribir sobre ella sino sobre mí. Mis gustos. Mis exigencias a unos pasos de cumplir los cuarenta.

La película inició bien. Del tipo que en apariencia me gustan; francesa, sombría, gris, con buena fotografía. Pero todo se vino abajo cuando llegó lo paranormal. Lo estúpidamente paranormal, creo. Me recordó a una novela que leí meses atrás y que solo terminé porque si bien apago el televisor cuando una película no me gusta, me cuesta hacer lo mismo con los libros. Lo he hecho en contadas ocasiones pero me queda un sabor amargo en el alma.

Vuelvo a la película. Le extendí la posibilidad. La detuve segundos después.

De todo y de todos se aprende, dijo el canario Manolo Martín. Lo creo. De todo se aprende, si, aunque de manera más eficiente cuando se tiene al menos una pizca de idea en cuanto a lo que se busca.

Así que de la película interrumpida me quedo con una idea en la cabeza para un relato. Una idea y un personaje. La chica con los iris de distinto color.

Será que le doy más valor a mi tiempo. Una desvelada frente a la pantalla debe de valer la pena. O tal vez es simplemente que me he vuelto menos tolerante.

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Photo by Li Yang on Unsplash

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