Diecisiete.

Te sientes ahorcado. Apenas libraste el mes. Pero faltan pagos. Como el seguro de gastos médicos, porque no tienes seguro social. Cómo estarlo. Eres patrón. Estás para pagar no para que te paguen.

El cliente aceptó el proyecto. Pero pide más comisión. Por supuesto que los socios no deben de enterarse. No lo menciona pero lo sabes. Esto es entre él y tu. «¿Cuánto?» preguntas. «¿Cuánto me diste la vez pasada?» «Tanto”, respondes. «Es muy poco», dice. «Fue lo que acordamos» «Ah, pero es que no lo revisé bien. Anda, súbele más». Intentas explicarle que será poco coherente con relación al presupuesto del semestre anterior, que un incremento mayor despertará sospechas. «Ajá», responde y echa el cuerpo para atrás. Se acomoda en el respaldo. Esa mueca. No sabes si ríe o tiene nauseas. La misma mueca de los que conocen el peso de su firma. «Chécalo y me hablas al rato.»

De camino a casa te dispones a mandarlo a la mierda. Al apagar el carro un foco en el tablero queda encendido. Check Engine. Otra vez. En la agencia dijeron que no volvería a encenderse. En la puerta el recibo del agua. Debes desde febrero del año pasado. Lo llamas. Puedo apretar el presupuesto y sacrificar algo de mi utilidad para darte el diecisiete. «Súbelo al veinte y vienes en la tarde por el cheque.»

 

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