Desaparecida.

Así fue como terminó contactando a Santos, quien se había labrado cierta reputación como investigador privado entre algunos círculos de la ciudad de Chihuahua. En realidad no era detective: no tenía un despacho con ventilador de techo, ni una secretaria rubia de piernas largas. Sólo era un expolicía que malvivía como sacaborrachos en un bar de mala muerte y aceptaba esos trabajos de vez en cuando para llegar al final de la quincena sin morirse de hambre.

Aceptó el caso de Mariana de inmediato. No lo convencieron las desgarradoras expresiones de dolor al narrar su historia, ni las promesas de conseguir un préstamo bancario para pagar sus honorarios. Fue su mirada. Esos ojos oscuros y melancólicos. Desesperados.

Fragmento del cuento Desaparecida. Héctor Arreola. MÉXICO NOIR. NITROPRESS.

 

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